"Superhéroes de la glaciación"

 

Texto promocional: Garikoitz Gamarra (Ornamento y Delito, GG Quintanilla)

Foto de Los Lagos de Hinault por Patricia Huerta. Foto aquí.

 

Se les transparenta y mucho la clase social a Los lagos de Hinault: pop aristocrático, pop de los mejores. Un género, el pop, que entronca con la lírica universal y que viene cantando al amor, posiblemente, desde que el ser humano tuvo capacidad de habla (pongamos que hace unos 50.000 años, por dar una cifra). Pasarán las modas políticas, cambiarán las formas de la organización del trabajo, cambiará la forma de la propiedad y del intercambio, pasará el fetichismo de la mercancía; quedarán las canciones. Pasarán los indies y sus festivales, pasarán los hipsters y sus peluquerías, pasará Lenore; quedará el pop. Pasarán los modernos de provincias, pasarán los bellas extranjeras, pasará lo gentry y pasará lo ethnic; quedarán las viejas calles de Madrid. Y, sí, quedará el amor. Y mientras van pasando regímenes y figurantes, el Marqués de Leguineche continua paseando por su coto de caza, ajeno a los chanchullos y corruptelas que él mismo parasita como residuo precapitalista que es, plenamente consciente de tanta porquería -que él mismo representa- pero atento en realidad sólo a lo único sublime y verdadero: la belleza (materializada en su selecta colección de bello púbico).

 

Fieles herederos de Leguineche y Berlangas, con dejadez y cierta arrogancia, repasan Los lagos de Hinault en Escenas de caza el estado de la cuestión del amor, el único tema al que merece la pena cantar a estas alturas de la película (y la película, según cantan, parece ya bastante avanzada). Y es que, aunque aparecen distintos decorados, al final el protagonista es siempre el mismo: el amor. El amor que no llega, el amor que se escapa, el amor que se espera, el amor que ya aburre, el amor impedido, amenazado, avergonzante, ridículo, pero siempre y solo el amor. Y es que eso del amor no es ninguna tontería, en realidad algo muy delicado, un producto histórico realmente raro, que suele abandonarse en aras de otros bienes más sólidos -la amistad, el trabajo, el dinero, el poder-, que las distintas civilizaciones han perseguido y las instituciones religiosas han baboseado hasta hacer de esa palabra algo muy rancio (“el amod de Crifto”). Pero el amor era otra cosa, no sé si universal, pero sí antiguo, y, desde que los románticos del XIX lo rescataran, no se ha dejado de cantar, de blasfemar, de gritar, de suicidarse e incluso (sí, amigas) de matar por él. Pero tranquis, Los lagos de Hinault solo lo evocan en la tradición inofensiva de Werther y los muchachos pálidos que morían jóvenes en el XIX y el XX. ¿Qué cantarían Novalis, Larra o Ian Curtis si hubieran sobrevivido a sus veinte años? Ni idea, pero estos héroes de la glaciación se niegan a abandonar cierta inmadurez, cierta fragilidad, cierta indolencia, cierta... ¿inutilidad? La sensibilidad es algo muy delicado y no se adapta a las exigencias del mundo moderno (y sus departamentos de recursos inhumanos); estar expuesto a dejarse arrebatar por la belleza no es compatible con algunos ritmos. Luis II de Baviera habría financiado a Los lagos de Hinault, sin duda.

 

Y después está el costumbrismo de lo de ahora y lo de antes, los guiños a los ochenta y a la actualidad, - incluso los podemitas aparecemos por ahí, y llegué a pensar que la propia Amarna Miller, pero creo que nada tiene que ver con Chamberí-; los límites de la libertad de expresión y el humor, hasta para Eskorbuto hay sitio. Pero no nos engañemos, más allá de las corrientes y las modas pasajeras, Los lagos de Hinault, como Eric Rohmer, permanecen en lo eterno, en las estaciones que se repiten año tras año, canciones primaverales con las letras más irreverentes posibles: “el sol huele a adolescencia, huele a vestidito, huele a trenzas, huele a limpio y a día de fiesta, huele a Laura, huele a Teresa”. Lo que decía antes, el tesoro de los Leguineche.

 

Canciones otoñales que aceptan la derrota con desdén y un hedonismo extático, canciones primaverales u otoñales pero todas con la mirada puesta en el verano futuro, en ese verano en el que “no pienso enamorarme”, nostalgia de un futuro que ya no es lo que era. Ya veis, la música moderna es bastante más de lo que la mayoría suele sospechar.

 

En fin, compradlo, robadlo, escuchadlo, gozadlo, porque el deseo de la plebe que se amontonaba aquel 15 de mayo en las plazas se ha hecho real: “¡aristocracia real, ya!”. Y aquí mismo.

 

PD:

Y, por favor, amigos críticos musicales, periodistas de la canción: destripad el disco, hablad de sus hermosas armonías vocales, de la perfección y exquisitez de sus líneas de bajo, de la longitud de los temas, descubrid los referentes musicales (para que las nuevas generaciones sepan qué escuchar), citad las letras y contad el chiste (para que las nuevas generaciones entiendan los chistes), pero no escribáis “pop irónico”, “pop mordaz”, “fina ironía” y hostias semejantes. Currároslo un poco, anda, que la profesión anda desprestigiada y no por casualidad.

 

 
 
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LOS LAGOS DE HINAULT ESCENAS DE CAZA se publica en LP 12", CD Digipack y álbum digital el 30 de mayo de 2017, y ya lo puedes encontrar en nuestra tienda online.

 

 

 

 

 

 


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